Feliz 256 cumpleaños, “abuela”

El pasado 9 de febrero, día de Santa Apolonia, se cumplieron exactamente 256 años del nacimiento de mi 4x tatarabuela en la Puebla del Caramiñal (en gallego, Pobra do Caramiñal). Casi de inmediato fue conducida a la pila bautismal, donde se le impusieron los nombres de Jacoba Polonia María de la Barca Josefa. Actuaron como padrinos don Juan Antonio Malvárez, vecino de la villa de Muros, y doña Rosa Romero, a la que en la partida bautismal, y sin duda por descuido, el párroco olvidó citar como abuela paterna de la niña.

El nacimiento de mi lejana tatarabuela fue, sin duda, un acontecimiento especial para sus padres. La neonata tenía sólo una hermana, llamada María de la Concepción Josefa Teresa Gabriela de los Dolores, que era cinco años mayor que Jacoba. Otro hermano había nacido tres años antes que mi antepasada, pero falleció en la cuna.

Domingo Gayoso de los Cobos, Conde de Amarante y Marqués de Camarasa. Retrato de Agustín Esteve y Márquez (Fundación Casa Ducal de Medinaceli).

Domingo Gayoso de los Cobos, Conde de Amarante y Marqués de Camarasa. Retrato de Agustín Esteve y Márquez (Fundación Casa Ducal de Medinaceli).

El padre de estos tres retoños no era otro sino Miguel José González-Soldado y Romero, que fue Escribano Real de la villa del Caramiñal entre los años 1752 y 1789, así como Procurador de Número de su regimiento. Pero el nombre de mi antepasado también ha llegado hasta nuestros días asociado con la historia de la villa; y no en vano merece Miguel José nuestras alabanzas, pues en 1756 publicó una obra dedicada a los orígenes y la historia heráldica del Caramiñal. Además, Miguel José trabajaba como secretario para don Domingo Gayoso de los Cobos (1735-1803), que más adelante heredaría los títulos familiares de Marqués de Camarasa (1791-1803) y Conde de Amarante (1765-1803), entre otros tratamientos del reino de Galicia.

Las cordiales relaciones entre mi familia y la del Conde de Amarante, se remontaban, por lo menos, una generación, y perdurarían hasta bien entrado el siglo XIX, cuando el padre de mi tatarabuelo todavía administraba las propiedades del XIII Marqués de Camarasa. Justa Martínez Montoro y Verea, la madre de nuestra protagonista Jacoba, percibió en 1776 del Conde de Amarante la cantidad de 1.550 reales para costear los gastos funerarios de su propio padre, que también había estado al servicio del Conde. Dos cartas escritas por mi antepasado Miguel José al Domingo Gayoso de los Cobos diez años antes dan fe de la proximidad entre ambas familias, pues aquél se dirige a éste como “Compañero, Amigo y Señor”.

En varias otras ocasiones había dado el Conde de Amarante muestras de amabilidad con el fin de ayudar y mejorar la situación de mis antepasados y de sus dos hijas. Es precisamente en este punto donde nos topamos con una curiosa incógnita. Gracias a la genial tesis de Atanasio Santos Iglesias Blanco sobre la casa de Amarante, sabemos que en 1768 Domingo Gayoso libró una importante suma de dinero para que una de las hijas de la pareja (no cita a cuál, pero por eliminación, como veremos, cabe suponer que fue ni más ni menos que mi antepasada Jacoba) pudiera ingresar en el convento de carmelitas descalzas de la ciudad de Palencia. Un año más tarde, de nuevo accedió el Conde de Amarante a aportarle a la otra hija (aquí citada como María de los Dolores, uno de los nombres que la única hermana de Jacoba había recibido en el bautismo) la cantidad de 600 reales para que ésta pudiese pagar su dote e ingresar en un convento. La tesis de Iglesias Blanco no cita a qué convento se refiere, pero sabemos que dos años más tarde, según una nota marginal de su partida de bautismo, la hermana mayor de Jacoba se encontraba religiosa del Coro y Velo Negro en el convento de la Purísima Concepción, en la ciudad castellana de Toro, donde profesó en el año 1771.

Dado que Miguel José y su mujer sólo tenían, que sepamos, dos hijas, Jacoba y María de la Concepción Josefa Teresa Gabriela de los Dolores (posiblemente conocida simplemente como “María de los Dolores”), y puesto que en un momento dado se pensó en destinarlas a la vida monástica, cabe suponer que Jacoba debió de retirarse, como así debió de suceder, para poder casarse y tener descendencia. Aparte del evidente requisito de tener que colgar los hábitos de monja para contraer matrimonio, Jacoba tuvo que abandonar el convento para poder suceder en el vínculo de mayorazgo que sus abuelos paternos habían fundado un año antes de su nacimiento, es decir en 1757. Este vínculo de mayorazgo,  implicaba que las abundantes propiedades familiares sólo podrían ser heredadas y transmitidas por los descendientes de Miguel José y su esposa, prefiriéndose la línea masculina a la femenina; además, el legado no podría ser heredado por aquellos descendientes que fueran o descendieran de curas, monjas, cristianos nuevos, judíos, brujos, sodomitas o personas que hubieran cometido crímenes de lesa majestad. Dado que el único hermano de Jacoba murió, como ya hemos visto, en la infancia, sólo quedaban ella y su hermana mayor como posibles herederas, pero María Dolores ya era monja en 1771, por lo que Jacoba quedaba como presunta heredera. Si efectivamente había ingresado en un convento palentino en 1768, su vida monástica debió de ser extremadamente corta.

Sabemos que en 1772 Jacoba vivía (¿de regreso?) en la Puebla del Caramiñal, pues aquel año ejerció de madrina de Francisco Javier Rivadulla, que más tarde llegaría a escribano real. Nada más sabemos de su vida, por ahora, hasta que en febrero de 1787 sus padres liquidaron el vínculo de mayorazgo en su favor y ante notario. Para rizar más el rizo, Jacoba se encontraba entonces en el séptimo mes de embarazo y, dudo mucho que de manera casual, dos semanas después pasó por la vicaría. El novio era Alonso Martínez, un joven oriundo del Puerto del Son (en gallego, Porto do Son) que más tarde llegaría a ser Escribano Real de las villas del Puerto del Son, la Puebla del Caramiñal y Noya.

El matrimonio de mis antepasados permitió que sus descendientes pudieran legalmente heredar el vínculo de mayorazgo fundado por sus bisabuelos. Cuadro de William Hogarth.

El matrimonio de mis antepasados permitió que sus descendientes pudieran legalmente heredar el vínculo de mayorazgo fundado por sus bisabuelos. Cuadro de William Hogarth.

La rápida sucesión de los hechos me hacen concluir que Jacoba quedó embarazada a finales de 1786; el padre del nonato, Alonso Martínez, era entonces un mozo de 21 años (así que siete años menor que Jacoba) y por entonces no parecía disfrutar de oficio ni beneficio alguno. La heredera del mayorazgo de una de las familias más acomodadas de la zona debió de parecer una prodigiosa tentación y, por diseño o por accidente, pronto Jacoba dejó patente su evidente gravidez. Sus padres, Miguel José y Justa, que tantas esperanzas debieron de haber depositado sobre su hija pequeña, pusieron manos a la obra. El 3 de febrero liquidaron el vínculo en su favor, y dieciséis días después la pareja contrajo matrimonio. Menos de dos meses después hacía su aparición el primer hijo de la pareja, legítimo sí, pero por los pelos. La alegría fue también breve, puesto que el niño murió poco después del bautismo.

Un año más tarde Jacoba alumbró una niña, que sería amadrinada por sus abuelos maternos, y a esta la siguieron cinco féminas más. Estas seis hijas, solteras todas ellas, serían expulsadas de la casa familiar por su padre tres décadas más tarde, pero por entonces Jacoba estaría ya fría en su tumba.

Jacoba y Alonso tuvieron, además de las seis hijas, cinco hijos varones, dos de los cuales se malograron pronto. A uno, antepasado mío, también lo despojaría su padre de sus derechos al mayorazgo, quizá aprovechando que en 1820 fue promulgada la Ley Desvinculadora, que suprimió todos los vínculos en el reino. Por aquel entonces, ni Jacoba, ni sus padres, ni sus abuelos, que tanto habían trabajado por mantener el vínculo y que éste pudieran ser transmitido sin dificultad a las generaciones postreras, pertenecían al mundo de los vivos, pero los efectos de sus gestos perduraron y afectaron a dos generaciones más de la familia. Hoy poco o nada queda de aquellos frenéticos y en ocasiones desagradables episodios, salvo un puñado de legajos y la memoria que les otorguemos.

Dedicado a la memoria de mi tatara-tatara-tatara-tatarabuela,
Jacoba Polonia María de la Barca Josefa González-Soldado y Martínez.

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